Una mañana cualquiera me levanté buscando a Jesús en la iglesia. Me aterrorizaba la idea de no poderlo encontrar, mi corazón comenzó a palpitar más rápido cual nunca antes, lágrimas de desesperación brotaron de mis pupilas, me sentía desorientado y abrumado. ¡Quería morir al no encontrar a Jesús en la iglesia evangélica!
Me senté con el ánimo de calmarme y me puse a observar cuidadosamente toda la escena para tal vez así encontrar a Jesús en el lugar. Por un lado vi algunos pastores que predicaban elocuentemente pero yo no pude concentrarme en sus palabras porque en sus frente tenían una llaga enorme llamada pecado; además al cerrar mis ojos para escucharlos solamente, me dio asco todo lo que hablaban pues se promovían a sí mismos en sus medios de comunicación y de Jesús no escuché nada; también quise vomitar cuando hablaban de un tal 'evangelio de la prosperidad' que ponía eufórica a la congregación pensando en hacerse ricos, olvidando que la mayor riqueza está en compartir el pan con el necesitado.
Decidí dejar de prestarles atención y enfocarme hacia otro rincón del ámbito evangélico con la esperanza de ver a Jesús. Pero no fue agradable la sorpresa que me llevé cuando un grupo de cristianos 'espirituales' dejaban que se manifestara el "Espíritu" y ellos corrían, saltaban, se caían y se reían lunáticamente; pero cuando al fin terminaban, ya en su sano juicio volvían a practicar sus inmorales actitudes.
Triste, aparté mi mirada de ellos para visualizar un último rincón. Pero de igual forma me sentí pusilánime al no encontrar a mi Jesús y en su lugar encontré a divisionistas y legalistas que ordenaban y exigían una forma de vestir, un solo género 'cristiano' musical a escuchar, una manera de caminar, un solo vocabulario y hasta una sola forma de sentarse, para que de esa manera pudieran apegarse a las reglas tontas de su iglesia (que para ellos era la única con la verdad del evangelio). En este rincón todos se preocupaban por las apariencias y no por una vida íntegra y santa, por lo cual me parece que Jesús no estaba ahí.
Desilucionado al no ver por ningún lado a Jesús, casi agonizando y con dolores indescriptibles me vi a mí mismo y supe que yo también tenía un poquito de lo que había en cada uno de esos rincones en mi corazón... ¡Me dio asco el solo verme en esta misma condición! ¡Mis pecados habían alejado a Jesús de mi corazón! ¡Mi vanagloria y mi poco interés por los necesitados me había hecho un apestoso títere de cristiano!
Fue entonces cuando avergonzado de mí mismo miré hacia la puerta y decidí salir de la escena, pues al fin que Jesús no estaba ahí. ¡Y vaya sorpresa que me llevé! Ahí estaba Jesús, justo frente a la puerta de la iglesia evangélica. Me postré ante él y le dije: ¡Amado Jesús perdoname por haberte alejado de mi corazón a causa de mis asquerosos pecados y mi hipocresía!
Jesús me miró, me sonrió, tomó mi corazón y lo limpió. Cuando me lo devolvió ya no apestaba, al contrario tenía un dulce olor a santidad (misma debía cuidar para que su olor en vez de desaparecer, oliera más y más cada día a partir de ese momento).
Jesús-le pregunté- ¿Por qué estás aquí afuera de la iglesia evangélica?
Con un tono triste y un suspiro profundo me miró fijamente a los ojos y me dijo: Esta iglesia dice: "Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada" ; pero no se da
cuenta de que la infeliz y miserable, la pobre, ciega y desnuda es ella.
Por eso le aconsejo que de mí compre oro refinado por el fuego, para
que se haga rica; ropas blancas para que vista y cubra su
vergonzosa desnudez; y colirio para que se lo ponga en los ojos y
recobre la vista. Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.
De pronto desperté sobre mi cama, mi corazón aun palpitaba a mil por segundo, me di cuenta de que solo era un sueño... pero cuando me levanté vi que ese sueño me perseguía y se volvía pesadilla porque la iglesia así vive hoy: ¡TENIÉNDOLO TODO, MENOS A JESÚS!
Ezequiel Barrera