¿La religión es el opio de los pueblos?

Claro que sí, la religión es el opio de los pueblos.
Karl Heinrich Marx ha sido duramente criticado por plantear que la religión es el opio de los pueblos; sin embargo, si lo pensamos un poco más, los cristianos nos daremos cuenta que este pensador socialista tenía mucha razón.

La verdad es que la religión nos atonta, nos hace pensar que nuestro deber es estar en la iglesia (y entre más estemos ahí, mejor), la religión nos satura de una serie de ceremonias y sacrificios innecesarios, nos impone reglas inventadas a la conveniencia de sus líderes, nos encierra en una burbuja totalmente apartada de la realidad que los mismos religiosos viven en la sociedad...

El mensaje de Jesús, el del reino, es muy distinto a todo lo que la religión nos enseña e impone. El mensaje del reino nos hace reflexionar, nos motiva a salir de las cuatro paredes de la iglesia para exigir justicia en una sociedad injusta, cuyos gobernantes son corruptos. Las enseñanzas de Jesús nos mueven a salir de la comodidad, nos incitan a pensar integralmente, nos envían a establecer su reino en el aquí y el ahora.

Jesús denunció la religiosidad que había en Israel, y lo hizo con ímpetu, claramente y sin vacilación (Mateo 23).

He aquí algunos indicadores de religiosidad:


*Si nos interesa más ir a la iglesia y no ayudar a alguien en domingo, somos religiosos.
*Si es más importante nuestra manera de vestir que de actuar, somos religiosos.
*Si nos importa más el próximo concierto cristiano y no sabemos qué consecuencias tienen las últimas decisiones de la Asamblea Legislativa, somos religiosos.
*Si nos interesa más estar en la iglesia que dejar de ir (de vez en cuando) para salir a divertirse con la familia, somos religiosos.
*Si criticamos la música o forma de peinar de los jóvenes en nuestras iglesias, pero no exigimos justicia a nuestros corruptos gobernantes, somos religiosos...

Con razón el Señor se expresa de la siguiente manera, respecto a la religiosad que atonta las mentes:

Yo aborrezco sus fiestas religiosas,
no me agradan sus cultos solemnes...
Aleja de mí el bullicio de tus canciones;
no quiero oír la música de tus cítaras.
Pero que fluya el derecho como las aguas,
y la justicia como arroyo inagotable.
                                                      (Amós 5:21-24)

¡Dios quiera que nos convirtamos en verdaderos cristianos y dejemos la religiosidad de una vez!

Ezequiel Barrera


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